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Pie de foto. Anotaciones dispersas sobre lo ininteligible en la exposición “Aquí (período de prueba)” de Costanza De Rogatis en Abra Caracas

I Fragmentos del cuerpo acaeciendo

 

La fotografía como indagación del “ser” es una empresa fallida pero fascinante. Cada registro es el testimonio de una búsqueda inacabada, imposible. No hay nada en la imagen que nos pertenezca, solo formas, pliegues, contrastes. Pero, si no podemos aspirar a la totalidad, al menos podemos mostrar fragmentos de lo que somos o creemos ser, exhibir la anatomía informe del cuerpo acechado. 

Las fotos de Costanza De Rogatis (Caracas, 1976) solo muestran una visión parcial del cuerpo, apenas fragmentos de una totalidad inescrutable. La imagen especular no puede contener al referente que la propicia y desencadena, sólo puede mostrar las preguntas sin respuestas que somos, las x que postula el nihilismo nietzscheano.

El cuello, los dedos, la espalda, la mano frente al espejo, la rodilla, los nudillos, la nariz, el ojo (agrietado por la luz), los poros, las piernas, los pies, el vientre, los cabellos, la mano agarrando la hoja, los codos, el ombligo, las venas, los labios, los nudillos, la lengua, el oído.

Frente a esa colección de fragmentos, lo que uno “es” se vuelve ininteligible, como si nada encajara, como si cada parte fuera un organismo independiente, una criatura tentacular cuyo propósito vital desconocemos.

Buscamos en cada resquicio algún detalle singular, algo propio, irrepetible. Pero todo lo que encontramos ya  está en los otros. El cuerpo –el suyo, el de los demás- es igual a todos los cuerpos de la especie. Hurgamos en cada costado, ranura o pliegue y todo lo que hayamos son réplicas minúsculas, fractales de un mundo en el que apenas somos una duplicación, una partícula “re-partida”, mientras el “ser” permanece furtivo, disperso, inasible.

 

III Doble acción: la cámara y el cuerpo

 

Georges Didi-Huberman ha dicho que “las imágenes son actos, como las palabras”[1]. Viendo las fotos de De Rogatis se advierte el origen performático de las mismas, precedidas por un repertorio inusual de poses y encuadres. La cámara y el cuerpo se mueven sincrónicamente, formando parte de una maniobra común, destinada a explorar aquellas zonas anatómicas que quedan fuera del campo visual o que ofrecen un ángulo diferente al de su posición normal.

Aquí la fotografía no es solo un medio de registro sino un “órgano” de acción y acompañamiento.  Más que el documento parcial del cuerpo observado, vemos el  desplazamiento cómplice del aparato -obturador “transocular”-, y con él las distorsiones de los brazos, las piernas, el torso. Concurren también las muecas, las arrugas inducidas, la extrañeza de la imagen posterior, lo que está detrás, debajo o al lado  (el piso, la pared, el espejo).

Desde su meticulosa inmediatez, las imágenes de De Rogatis rememoran la experiencia precedente de algunos performers que han utilizado la fotografía instantánea como medio de autoconocimiento, entre ellas las autocopias de Claudio Perna, los polagramas de Pedro Terán y sobre todo los registros de acciones con objetos (copas, sillas)  de Antonieta Sosa. También Ana Mendieta y Cindy Sherman en sus tentativas de reconstrucción crítica de la femineidad ponen y exponen sus cuerpos al implacable escrutinio de la cámara. En todas estas propuestas, al igual que en los trabajos que estamos comentando, la acción con y para la cámara (o para la fotocopiadora en el caso de Perna) ocurre en privado, como un recurso de análisis y reafirmación personal. 

Finalmente, la imagen propia es también un acto de rebeldía, de insurrección callada, frente a un régimen de visibilidad centrado en lo espectacular. Las fotografías que comparte De Rogatis en las redes sociales (y sobre todo, las que exhibe en la sala de exposiciones) no tienen ese aire autosatisfecho y despreocupado que tanto gusta a los internautas; tampoco presentan situaciones extraordinarias, ya sean graciosas o dramáticas. Solo son ejercicios de exploración y compenetración individual, “actos” de autovisibilización, que desde su aparente inocuidad, desafían la reproducción virtual de identidades modélicas.

 
IV ¿”Publicar” o “exponer”?

 Exposición “aquí (período de prueba)” en Abra. Febrero 2016

 

Las fotos de De Rogatis ingresan al espacio del consumo visual por Instagram, de manera instantánea y sin grandes pretensiones, excepto la de compartir una búsqueda personal.  Luego, ya seleccionadas e impresas, reaparecen en la sala de exposición donde son “enmarcadas” por criterios estéticos y museográficos. Pasan de lo digital a lo físico, de la cuadrícula virtual al cubo blanco,  incrementando aún más la distancia entre la intimidad del momento de registro y la socialización intencionada de la experiencia.

Instagram permite la “autopublicación” y también la “sobreexposición”. El recinto expositivo, en cambio, funciona como parte de un sistema de relaciones más denso, donde las mediaciones (e intermediaciones) tienen un efecto más drástico sobre la toma de decisiones, tanto autorales como las de los demás agentes involucrados en el proceso de circulación y valoración de la obra. 

De manera consecuente, también cambian las condiciones de recepción. En Instagram, la vista del observador “navega” en medio de un torrente de imágenes que se deslizan vertiginosamente por la pantalla. En la sala de exposición, el ojo va “paso a paso”, deteniéndose ante las imágenes fijas en la pared. 

En esa travesía, entre tantas peripecias, las fotografías del cuerpo, acaban volviéndose autónomas respecto de su referente. Es decir, son imágenes que hablan de sí mismas y de nadie más, ni siquiera de los motivos sinuosos, inescrutables, de su autora.

La imagen, en cuanto metamorfosis virtual del cuerpo, nos reafirma esos diferimientos del “ser”, siempre ausente, siempre escindido, siempre reemplazado por uno o más facsímiles de sí mismo.

Lo que las fotos de De Rogatis nos muestran es su propia expectación, viéndose y sabiéndose vista, unas veces como objeto de una bitácora casual y otras como modelo  de una pieza de arte. Son selfies en su definición más laxa, es decir, autorretratos móviles, solo que están  fuera del estereotipo de la “cara feliz” y el “cuerpo pleno”. Lo que hay son trozos de piel, extrañas declinaciones de una anatomía vigilada, que se revela como presencia vulnerable e inexplorada.

  La imagen corporal no es el “ser”, sino la traza del acontecer personal, algo que la fotografía instantánea si logra registrar y fijar. Pero este acaecer en la foto, no es el de la anamorfosis del cuerpo, sino el de la mirada consecutiva, persistente,  de la propia autora.

 

Félix Suazo

Caracas, 6-11 de abril de 2017

 


[1] Didi-Huberman, Georges. Poética y estética de la revuelta. El MNAC exhibe el arte de las insurrecciones. La Vanguardia, 24 de febrero de 2017. En: https://www.pressreader.com/spain/la-vanguardia/20170224/282381219319108

 

Costanza De Rogatis (@la_cost) presentó su exposición “aquí (período de prueba)” durante el mes de febrero de 2017, en la galería Abra ubicada en Caracas, Venezuela.

 

Agradecemos a Félix Suazo por ceder este documento.

 

 

 

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