Carlos Salazar-Lermont (Venezuela, 1987) presentó su segunda exposición individual en Chicago, y su segunda en Estados Unidos en 2025. Con la curaduría de Inés Arango-Guingue, curadora en residencia de ACRE, la muestra reunió los dos trabajos principales que Salazar-Lermont ha desarrollado desde 2016, año en que emigró a Estados Unidos. Aquí, estas dos líneas de investigación se entrelazan y sus intersecciones se hacen evidentes.
La migración humana de sur a norte está plagada de sacrificios materiales. Sin importar el nivel de precariedad y la cantidad de contrariedades que acompañen este flujo, ningún migrante se libra de la pérdida de su sensación vital de pertenencia, algo que su nuevo lugar de residencia no podrá darle nunca. Cuando fui inmigrante, perdí la sensación de que en el aire había un excedente orgiástico, omnipresente e innombrable. Sentía que ese excedente, aunque inasible, afirmaba mi vida, y estuvo absolutamente ausente en la época que pasé en Estados Unidos.
Texto de sala por Inés Arango-Guingue
Las obras de Carlos Salazar-Lermont en Fixing the Baroque tratan explícitamente el tema de la diáspora venezolana hacia Estados Unidos: él mismo es parte de este flujo. En su instalación Sanctuary, un video empotrado sobre una estructura que se asemeja formalmente a un altar, pero hecho con mantas de emergencia plateadas y empaques de harina de arepa precocida, el artista hace referencia a los sacrificios materiales impuestos sobre los cuerpos migrantes. Los materiales que utiliza refieren a la necesidad de ser reconfortado en medio del malestar físico. Al tiempo, los ornamentos ondulantes de la instalación y el uso de la hojilla de oro le añaden un giro inequívocamente barroco y un tanto inusual si se le mira dentro del largo repertorio de obras que han abordado la migración.
Considerando que ningún otro país encarna la ética protestante tan a la perfección como Estados Unidos —el dinero como fuerza vital, la ética laboral puesta por encima de la estética y la afirmación tácita del derecho consuetudinario anglosajón de que el erotismo es peor que la violencia armada— se puede ver que Salazar-Lermont utiliza el barroco más como una provocación que como un simple marcador de diferencia cultural. El barroco (o arte de la contrarreforma) fue diseñado para erradicar el protestantismo saturando lo visual con excesos corporales y mundanos. Es tan poderoso que, en él, cuatrocientos años después, podrían radicar las diferencias irreconciliables entre lo latinx y lo gringo: la razón real por la que la única manera apropiada que tenemos para describir un pueblo de la región del Midwest en Estados Unidos sea como “aburrido”.
Es probable, sino certero, que la importancia del barroco para los latinos pase desapercibida en un espectador estadounidense. Ese excedente al que me referí antes, la esencia misma de la vida, las ganas de vivir, el je ne sais quoi que sentimos ausente en el hemisferio norte, abunda en las antiguas iglesias católicas. Las visito con frecuencia con el simple propósito de quedarme mirando las imágenes ensombrecidas, hay un deleite con la oscuridad que protege los pisos superiores y sus rincones impenetrables; intento hipnotizarme con los dorados sin lustre e imaginar las formas que jamás podré ver en un fresco que se desvaneció con cuatrocientos años de humedad y calor. No me da placer la sensación de irrelevancia institucional y litúrgica de esos templos, pero me da placer su veneración carnal de la muerte. La siento como una afirmación irreprochable de mi vida.
Se puede especular más sobre la referencia al arte barroco en un cuerpo de obra que trata sobre la migración venezolana. Quizás, este arte dramático es ideal para representar lo trágico que es migrar. Quizás al dejar Venezuela Salazar-Lermont sintió la necesidad de hablar de esto y su obra previa, casualmente, ya venía tratando la persistencia de los valores religiosos en la sociedad latinoamericana. Todo esto es cierto; y, sin embargo, lo que rescato son los cruces que el artista establece entre ambos temas con gestos sutiles pero expresivos. Su serie de foto-performances de autorretratos en chiaroscuro (Habitus, 2025) en los que se le ve con una tonsura petrina —pelo cortado en forma de corona, un símbolo que usaban los monjes para expresar sus votos de espiritualidad y renuncia a lo terrenal— establece un paralelo con el hecho de que ser extranjero puede ser un marcador tan definitorio y limitante como aquellos impuestos a los monjes medievales.
Esperando a Dios (EAD) es una video-performance desarrollada mientras Salazar-Lermont esperaba su Employment Authorization Document (EAD), documento de autorización de trabajo, entre 2022 y 2023. Esta obra, despojada del brillo barroco, presenta a Dios como intercambiable con su autorización de empleo. Filmada en calles del Midwest frente a ofertas de trabajo remuneradas con el salario mínimo, su performance de inquietante resignación recuerda la prédica católica de rendición absoluta ante Dios.
Carlos Salazar-Lermont (Caracas, 1987) es un artista venezolano cuya práctica, centrada en la performatividad y el arte socialmente comprometido, examina las circunstancias históricas de América Latina mediante la deconstrucción de las estructuras sociales, políticas y económicas que han moldeado su identidad. En 2016 se mudó a Estados Unidos desde Venezuela debido a la ola masiva de migración causada por la crisis humanitaria en su país de origen. Recibió su MFA en Artes Visuales de la Sam Fox School of Design and Visual Arts en Washington University in St. Louis gracias a la Beca Danforth (2022); y una Maestría Dual en Arts Administration & Policy y Modern and Contemporary Art History en la School of the Art Institute de Chicago (SAIC), con el apoyo de la beca completa New Artists Society. La obra de Salazar-Lermont ha sido presentada en numerosos museos, instituciones y galerías en más de una docena de países en América y Europa. Vive y trabaja en Chicago, IL.
Inés Arango-Guingue es una curadora, escritora y editora colombiana cuyo trabajo se centra en artistas de América Latina y sus diásporas. En los últimos años, su investigación se ha enfocado en el arte y la filosofía caribeña y sudamericana que reconocen el poder social de lo desconocido, lo opaco y lo ilegible. Es residente curatorial en ACRE (2025–2027) y miembro de la iniciativa de investigación sobre la cuenca del río Mississippi de Independent Curators International (ICI). Fue Art Table Fellow en 2023 y Abakanowicz Fellow en 2022 en el Institute for Curatorial Research and Practice del School of the Art Institute of Chicago. Fue co-curadora de Learning Together: Art Education and Community en Gallery 400 de la Universidad de Illinois en Chicago, una importante exposición centrada en la pedagogía progresista de educadores-artistas de Chicago desde mediados de los años 60 hasta la década de 2010. Actualmente es Curadora Junior en el Museo de Arte Moderno de Bogotá (MAMBO).
Fixing the Baroque fue posible gracias al apoyo y la generosidad de Kaitlyn Donnelly, John Guevara, Cortney Lederer, Margaret MacNamidhe, Renaud Proch, Teresa Silva y otros benefactores anónimos.
Un agradecimiento especial a Jamie Hayes por todo el apoyo y el acompañamiento.

