Por Félix Suazo
Depredador
Muu Blanco (Caracas, 1966) es un reciclador de despojos propios y ajenos, los cuales metaboliza creativamente. Su material proviene del flujo ininterrumpido que va generando la industria del consumo, las redes sociales y la historia del arte. Su obra es, por tanto, la regurgitación crítica e indiferenciada de todo ese torrente.
A veces, es su cuerpo acribillado por imágenes de manifestantes reprimidos por las fuerzas policiales en Venezuela, que caen sobre su piel como ráfagas. En ocasiones son documentos visuales del pasado, intervenidos o recontextualizados en collages y fotolibros de su autoría. En otras oportunidades son criaturas de anatomía mixta que se ensamblan de manera atroz, cual analogía de las arbitrariedades que configuran la realidad local y global. En esa abigarrada genealogía de motivos e imágenes, también hay edificios invertidos, topografías ingrávidas, máquinas aéreas “en picada” permanente, anudamientos gráficos que crecen, decrecen y se pierden.
En resumen, Muu es un depredador omnívoro, aunque su menú es selectivo e intensionado, administrando su heterogénea dieta con un fuerte complemento de ideas. En su trabajo, todo está mezclado como las cosas de la vida, presentándose como una cadena hipertextual y rizomática que a veces pierde su origen o desemboca en fecundas especulaciones.
Equivalencias y fricciones
La exposición Lumínico sonoro 2019, organizada por Logistic Fine Art, aprovecha varios medios de presencia frecuente en el trabajo de Muu: fotografía, instalación, video y sonido. Todos gravitan incestuosamente sobre la luz y la idea de la pintura, cuyos fundamentos sufren una metamorfosis, donde la materia y la imagen intercambian roles. Las fotografías y los vídeos muestran la pintura como cuerpo especular; la instalación reivindica la precariedad física de lo pictórico, su presencia rota, conflictuada, entre la facticidad y el deseo.
La muestra es una tentativa sinestésica que abarca equivalencias y fricciones entre varios lenguajes. Imagen y sonido, luz y objeto, pintura y video, materia y virtualidad, configuran un ambiente permeable a diversas situaciones, experiencias e ideas, dando continuidad a búsquedas precedentes del autor. La propuesta tiene su origen en la serie fotográfica Pinturas digitales-Abstracciones paisajísticas de 2013, donde el artista manipula digitalmente imágenes propias y de otros artistas, generando alteraciones de forma y color.
Dicho procedimiento tiene varias implicaciones perceptivas y conceptuales a la hora de pensar sobre el significado de la pintura en cuanto objeto. La luz tiene el mismo papel configurante en la pintura, en la fotografía y en el video, aunque su efecto sea diferente sobre el soporte pictórico, en la superficie impresa o en la pantalla de proyección. En ese desplazamiento radica, no solo un cambio de uso, sino también una modificación del significado de la imagen. Píxeles, puntos y vectores hacen una realidad distinta y con ella emerge un nuevo marco para el sentido.
Entre lo físico y lo especular, el artista nos devuelve a la pregunta sobre lo pictórico. ¿Qué es en definitiva la pintura? ¿la costra adherida al cuadro o la convención que enmarca sus procedimientos? ¿es la imagen o el objeto ? ¿es el resultado o la operación que la origina?
En realidad, hay muchas maneras de reconocer la pintura: el marco, el bastidor, la tela, el pigmento, etc. Sin embargo, lo pictórico no reside en el producto visible, sino en el conjunto de rituales, usos y finalidades que condicionan su producción y recepción. Esos elementos constituyen el punto de partida de Muu Blanco, en un intento por ampliar las posibilidades sensoriales y discursivas de la pintura, más allá de sus atributos convencionales.
La geometría y el paisaje, dos nociones que antagonizan el debate moderno en Venezuela y Latinoamérica durante la primera mitad del siglo XX, demarcan un espacio reflexivo que el artista aprovecha para introducir soluciones mixtas, en sintonía con una era de pluralismo y transmedialidad. En tal sentido, la propuesta de Muu Blanco sugiere una alternativa dialógica y multifocal que atenúa la antigua querella entre la no iconicidad y la representación.
Instalación Pictórica (2017–2019) asume varios de los componentes de la práctica pictórica, reordenados sobre una plataforma rodante con sonido incorporado. Aquí el soporte y el espacio físico tienen una presencia dominante, donde la noción de “cuadro objeto” queda también comprometida como parte del ambiente. El “cuadro” parcialmente “crudo” y fuera de la pared funciona como “caja de resonancia” acústica, reemplazando la preponderancia de la visión y sustituyéndola por la centralidad de la “escucha”.
La instalación multisensorial Video penetrable (2019) está sujeta a una existencia doble, tanto física como virtual. La imagen proyectada intenta aferrarse a la trama que forman las láminas de PVC blanco, descomponiéndose y reagrupándose con la acción de los espectadores cuando atraviesan el espacio. Es decir, no solo las imágenes proyectadas se mueven, sino que también la pantalla receptora deviene en superficie inestable.
Los vídeos de la serie Julio Le Parc revisitado (2016 – 2019) están realizados a partir de “grabaciones dinámicas vectorizadas” que retoman algunas obras del maestro del cinetismo argentino. Dicha operación permite transitar de la geometría al paisaje, una suerte de reconversión lúdica del cinetismo cuyas estructuras se transforman en una topografía móvil. Cráteres, llanuras, cavernas e incluso ciudades posthumanas emergen de una matriz sin referente material. La serie de fotografías Abstracciones paisajísticas – Pinturas digitales I, II y III (2013-2019), realizada a partir del “sampleo y transformación digital” de imágenes, retoma la presencia del paisaje en diferentes obras, tanto propias como de otros artistas. El paisaje es aquí, nuevamente, una construcción que excede el mundo físico ubicándose en una óptica que depende más de la tecnología que de la visión.
Contaminado
Digamos entonces que Lumínico sonoro 2019 es un proyecto sobre la visión y sus pliegues; un juego de percepciones antagónicas que compendian el mundo contemporáneo. Todo cuanto vemos en el arte y en la vida está mediatizado por aparatos y por ideas que finalmente modulan, atenúan o intensifican lo visible. Nada es suficientemente real, ni puramente imaginario, ni estrictamente óptico porque siempre hay trazas –sonoras o tactiles–, que incorporan presencias y remembranzas, ecos y vibraciones. Frente a esto, la estrategia de Muu Blanco consiste en sumarse a ese flujo entrópico, dejarse contaminar por el “ruido”.
En la era de la reproducibilidad técnica y la postproducción nada es lo que parece. Rostros, lugares y objetos son construidos en función del uso o del deseo (lo cual es casi lo mismo). La imagen siempre está diferida, enajenada del referente y manipulada a voluntad, gracias al empleo de filtros, reencuadres y efectos de color. Más que el registro o captura de una situación, la imagen es testimonio de una intensionalidad, siempre insatisfecha con las cosas y siempre dispuesta a mostrar no lo que es, sino aquello que se desea.
Muu Blanco juega con esa ambivalencia de lo real y lo ilusorio, donde la pintura se constituye en el emblema de una práctica que ya no requiere salir a la naturaleza con el caballete al hombro y la paleta en la mano. Pintar, entonces, es reproducir estereotipos sin referentes que, no obstante su insustancialidad material, delinean un cuerpo de ideas en transformación permanente.Todas estas operaciones de deconstrucción y reordenamiento del proceso artístico desembocan en una práctica reflexiva, atenta a las políticas de la imagen y su significado crítico.
Octubre de 2019





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