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El elefante blanco. Por Angela Bonadies y Juan José Olavarría

El elefante blanco (texto leído que acompaña la proyección de 16 fotografías)

Obra que participa en aCtiVISMo global | ZKM. Museo de Arte Contemporáneo, Alemania

 

 

La estuvimos observando durante mucho tiempo por fuera

y especulamos sobre su forma.

 

La retícula impactada representaba una promesa que se había agrietado o era ficticia

y mostraba en su superficie la polémica entre abstracción y figuración.

 

Hicimos varios intentos por entrar,

pero vinieron las lluvias y como siempre: la marea fue revuelta.

Ella también colapsó, claro, como tantas otras en el territorio.

 

Finalmente nos recibió una compuerta roja destartalada

por la que entramos en su cuerpo e hicimos recorridos.

 

El punto de partida fue un desierto de concreto,

una impresionante estructura amplia y limpia,

simétrica y de alto alcance,

que conecta varios órganos del animal,

de donde surgen huecos repetitivos que se reducen hacia el cielo en perspectiva

como una columna vaciada o invertida.

 

Y hacia las tripas se vuelve a asomar la pugna entre figuras y sombras,

entre la realidad y la ficción,

con vehículos y componentes que mezclan décadas y calidades.

 

 

Amplio, mucho más que todo lo demás, el estómago de la bestia,

custodiada toda por dientes afilados, como en una cárcel, iglesia o cuartel.

 

Muchas cosas a la vista y otras opacas

y las brutales desproporciones acentuadas mientras ascendíamos

aquella catedral perforada por la que se pueden ver yuxtapuestas capas de sentido.

 

 

Varios momentos y el “eterno inacabado” que preocupaba a Simón Rodríguez

cuando apuntó “las cosas han de estar a medio hacer mientras se están haciendo”

 

 

y ahí respira la bestia-catedral de clima cálido de Sociedades Americanas.

 

 

 

 

 

Encontramos signos de cierta “perseverancia” del trópico,

como sucede siempre bajo las arterias viales de nuestra suramericana vida,

donde surgen plantas y árboles tercos y torcidos entre las grietas y juntas,

como “en el corazón de las tinieblas” pero en selva de concreto,

el verde se cuela y cuelga como esquinado o sorpresivo buscando luz.

 

 

Aparecen espacios de una precariedad angustiosa, como un final de historia o “shoá”.

Síntomas endémicos que quedaron por décadas en la misma posición

y cosas que “han de estar a medio hacer mientras se están haciendo” para siempre.

 

 

Caminamos en la prehistoria cultural, esto impresiona,

en un viaje en el espacio y uno más largo en el tiempo, remoto.

 

La historia construida y vuelta a caer representada

en un casi joven cuerpo enorme y robusto con fracturas en toda la osamenta.

 

Orgánico y patológico, con marcas de intervenciones y cortes,

la gran ballena blanca herida en traducción local,

el gran elefante blanco firme y arrasador como escenario de pugnas.

 

Y aún, la mirada romántica y exótica encantada con el sistema mágico religioso,

con el lejano e indomable animal de prehistorias sociales,

con las construcciones tribales del espacio dentro de la bestia,

con el corazón jerárquico del cacique coronado y con los súbditos de la nada.

 

Con un  estado de cosas inacabadas y sin nombre.

 

Aún cierta mirada de algunos por los binoculares de la civilización

que aplauden los relatos lejanos de asesinatos y violaciones,

que aquí sólo llevan al poder disfrazado de dogma de fe,

al estómago que no mastica sino ingurgita, a los ojos que dan órdenes y clasifican.

 

Dentro: clases sociales, jerarquías, exclusiones, misiones falsas

y es de cientos y miles la necesidad de instalarse bajo techo.

 

La bestia se disfraza de terreno horizontal, en camuflaje participativo.

Pero en verdad, una sola cabeza que designa lo que sí y no tolera

y uniforma, como en todo el territorio, el lado que controla.

 

Lo demás en el organismo es repelido o confinado a un estado “otro”.

A un estado excepcional que puede durar mil años.

A un espacio-país que hace de la bestia: la casa

y de los designios alucinados del pastor-capitán de almas: la ley.

 

Angela Bonadies y Juan JOsé Olavarría, 2013

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