(Sobre la obra como exposición de un método, tanto para su realización como para su percepción, una especie de auto-didáctica que muestra el procedimiento que la construye)
Juan Downey. Drawing for With Energy Beyond These Walls, 1969
I
Mucho se ha discutido en torno a si es pertinente o no que un artista visual asuma la conceptualización escrita o verbal de su obra. Aunque detractores y partidarios coinciden en que toda proposición artística tiene uno o varios significados, el punto en controversia radica, al parecer, en determinar a quién le corresponde la tarea de reflexionar sobre la producción estética: al artista, al teórico o al público.
Eugéne Delacroix, quien además de pintar escribía con frecuencia, señala que la ventaja de la pintura es “no ser un arte parlanchín”[1]. Y añade: “entre las dificultades materiales que presenta la pintura, no conozco nada que responda a la ingrata labor de girar y remover frases y palabras”[2].
Gego, una artista que reconocía el papel de los escritos de artistas para aproximarse teóricamente a la meta buscada, tenía reservas con la moda de que los artistas “hagan relaciones públicas en forma verbal”[3].
En cambio, Helio Oiticica consideraba ” importantísimo que los artistas den su propio testimonio sobre su experiencia (…) Es más fácil penetrar su pensamiento cuando deja un testimonio verbal de su propio proceso creador”[4]. Y argumenta “hay muchas personas que tienen buenas ideas, pero como están bloqueadas no consiguen verbalizarlo. Es como si se pudiera concebir un hijo pero no se pudiera parirlo”[5].
Sin embargo, otros aspectos quedan fuera de foco en la disyuntiva inicial, como el de establecer qué tipo de análisis corresponden a cada quien y sobre cuáles obras habrían de recaer, en el supuesto de que no todas las prácticas de creación se manifiestan igual ni tienen el mismo propósito. En lo que a este comentario respecta, nos ocuparemos de aquellas proposiciones que se presentan como la exposición de un método y por tanto son indisolubles de las declaraciones del artista, ya sean estas escritas o verbales. Aclararemos entonces que la obra como método, supone el desnudamiento de los procesos que la hacen posible, dejando visible las nociones que sustentan su producción y las pautas para su lectura. Como estamos hablando de obras, se infiere que nos referimos a una operación que solo puede hacer el artista y por tanto es a él a quien corresponde la conceptualización del mismo en primeras instancia. Se deduce también que en este caso el artista no hace exégesis ni traducción de la obra sino sustentación de una metodología. En ocasiones incluso, es la propuesta la que exhibe esos contenidos como parte de su propia estructura y disposición.
El arte moderno operaba a partir de los signos, el arte contemporáneo, especialmente el postconceptual de inclinación apropiacionista, toma conciencia de los códigos y los utiliza como significado. Es decir, trabaja con los modelos discursivos en vez de con las formas, o lo que es lo mismo, utiliza las formas en cuanto estas son organizadas y reguladas dentro de un marco de convenciones disciplinares y de genero. Por tanto, un artista que aborda la obra como método reflexiona sobre los códigos que la constituyen, asumiendo por tales tanto los medios y materiales empleados como las convenciones perceptivas que le son propias, según los usos y significados que las identifican.
II
Aclaremos que el asunto que reclama nuestra atención no se reduce a la disyuntiva de si un artista visual debe escribir o no escribir, hablar o no hablar. La cuestión radica en asumir la obra como reflexión sobre su propio método, o lo que es lo mismo, el método como obra, tal como sugiere Cildo Meireles cuando afirma:”Todo trabajo debe ser una reflexión sobre si mismo en cuanto trabajo. Este se realiza como trabajo en la medida en que se explica como trabajo. Su materialidad es su explicación, su propia reflexión. Intento trabajar aproximando el proceso al nivel de una ecuación matemática: teoremas en un ” campo” muy definido y en el que cualquiera pueda desarrollar dentro de si mismo …lo que esta experimentando”[6]
Cómo hacer esto, incluso sin aportar una declaración verbal o escrita, y sin caer en el lugar común de que “la obra se explica por si misma”? Al parecer, el asunto radica en pasar de la fenomenología de la obra a su epistemología, es decir, entender la experiencia de la obra como una forma de conocimiento.
Pero, ¿método para qué? ¿método de qué es la obra? Ya se ha adelantado que es método para si misma, pero también método para conocer, configurar (y reconfigurar) el mundo sensible. Todo método supone un propósito, que en el caso de la obra de arte, supone también indicar o dejar testimonio de tal propósito. El método en el arte apunta a la creación de una epistemología de lo sensible desde la propia obra. No es un tema, ni una tendencia, ni una técnica, sino una lógica que permite la regulación sistemática e intencionada de las operaciones artísticas, tanto las que tienen que ver con los procesos de producción como las que atañen a la reflexión.
¿Hay obras mas “metódicas” que otras? Todas las obras tienen método, lo que los clásicos latinos llamaban “ars poética”; solo que hay algunas obras cuyo método consiste en ocultar su método. Esa invisibilización del método también es un significado, y en no pocas ocasiones una ” ideología antimetódica” destinada al enaltecimiento del arte como actividad espontánea.
¿Está obligado el espectador a conocer el método para “entender” la obra?
Tres aspecto a considerar:
Primero: obra y método son la misma cosa, por tanto al relacionarnos con la obra, lo hacemos también con su teoría. Segundo: no se trata de “entender” la obra, sino de “reconocer” la manera en que la obra configura el mundo sensible, sus estrategias y mecanismos. Tercero: la percepción es un trabajo, no es un divertimento inocuo, y en cuanto tal, es una práctica inteligente, fundada en el intercambio simbólico con la obra. El método es la sintaxis perceptiva de este proceso.
Caracas, febrero de 2015
[1] Delacroix, Eugène. Metafísica y belleza. Editorial Cactus, Buenos Aires, 2010, p. 116
[2] Delacroix, Eugène. Metafísica y belleza. Op. cit, p. 114
[3] Gego. Reproducido en Huizi Maria Elena y Manrique, Josefina ed. Sabiduras y otros textos de Gego. Museo de Bellas Artes de Houston y Fundación Gego, 2005, p. 78
[4] Oiticica, Helio. Citado por Teresa Arijon, en Helio Oiticica. Materialismos. Ediciones Manantial SRL, Buenos Aires, 2013, p. 9
[5] Oiticica, Helio. La ultima entrevista, realizada por Guinle Filho. Revista Interview, abril, 1980. En, Helio Oiticica, Materialismos, op. Cit, p. 102
[6] Cildo Meireles. Entrevista con Antonio Manuel, 1980. En, Cildo Meireles. Editorial Alias. Primera reimpresión. México,, 2010, p. 64
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