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Mataron a Daniel. Por Melba Escobar

Publicado originalmente en El Tiempo Lunes 28 de septiembre de 2020

Daniel Torres, en La Dolorita de Petare, en Caracas (Venezuela). Andrea Hernández. Cortesía El País

Bogotá, sábado en la mañana. El cielo plomizo amenaza aguacero. Me asomo a mi teléfono y encuentro el mensaje de un periodista del diario El País: “lamento decirte que ayer mataron a Daniel”. Viajo a la velocidad de la luz. Ya no estoy aquí. Estoy en Caracas. En ese primer viaje de los cuatro que hice a Venezuela buscando entender.

El plan de escribir el libro me llevó hasta Daniel Torres. Hoy el libro está en la imprenta, Daniel está muerto. La sensación de que todo está ocurriendo pero no de la manera correcta es otra forma de desconsuelo. Con ese sentimiento y una alta dosis de curiosidad aterricé en Caracas hace poco más de un año. Daniel, mejor conocido como “el Gordo”, me esperaba en el aeropuerto. Grande. Caribeño. Risueño. Pero no risueño para calibrar una conversación, o risueño para ahorrar palabras. Más bien risueño como quien nos recuerda que la vida es pasajera y que estar aquí es un privilegio, a pesar de todo. Muy pronto entendí que así no tuviera nada valioso que contar de ese primer viaje, podía contarlo a él. Y así fue. Daniel fue el protagonista de esa travesía al país que fui a buscar buscándome.

Me dijo que nos diéramos prisa en salir de Maiquetía pues cuando saliera “la señora Bechamel” el tráfico iba a ponerse complicado. Me tomó un rato entender que se refería a Michel Bachelet, quien llegó casi a la misma hora que yo, en misión oficial. Enseguida intuí que Daniel era sagaz, intuitivo, con una inteligencia expansiva. Todo esto iba a confirmarlo a lo largo de la semana que pasamos juntos, mientras él fue mi conductor, guía, “fixer” y personaje principal de la narración que empecé a escribir en mi cabeza desde el momento en que nos subimos a su Chevrolet Corsa destartalado, encendió la radio, puso Willie Colón a todo volumen, el aire acondicionado a tope y se echó a cantar.

En ese primer trayecto, hablamos de los hijos. Teníamos casi la misma edad pero él ya era abuelo.
–¿Tuviste ocho hijos con ocho mujeres diferentes?
–Casi.
Sus respuestas solían ir seguidas de una carcajada. Sentí que todo iba a estar bien mientras a mi lado estuviera esa mezcla entre un Oso Grizzly, un culebrero, un Don Juan, un artista de la supervivencia y Mike Tyson. Lo recuerdo negociando unas zapatillas Nike, una moto, un carro, una batería, un teléfono. Daniel era un héroe del rebusque. Un integrante ejemplar de una casta de latinoamericanos echados para adelante, guerreros, subversivos en su optimismo a prueba de todas las tormentas. Su forma de explicar el chavismo, sin preámbulos ni subtextos, fue quizá la más descarnada, humana y genuina de cuantas escuché en mis recorridos.

Sé que por siempre vivirá en mi recuerdo y en el de muchos. Porque durante años su oficio fue acompañar a corresponsales de medios de distintos países, algo que lo llevó a ser socio y parte, aunque invisible, de cientos de reportajes, artículos, crónicas y documentales sobre la Venezuela reciente, así como a tomar todo tipo de riesgos en beneficio de la historia. El “fixer” es algo así como un productor local para periodistas extranjeros. Su oficio es conseguir informantes, meterse en ollas de narcotráfico o llevar a camarógrafos a hacer tomas aéreas desde alguna cumbre.

Qué ironía pensar que después de vivir tantos riesgos, murió baleado en Petare, su barrio, por haber rayado un Spark con la moto. El dueño del vehículo zanjó el disgusto metiéndole dos tiros en la cabeza. El dolor es hondo. Somos muchos los periodistas que hoy lloramos su muerte. Esta historia también podría haber sucedido en Colombia donde, como en Venezuela, la vida no vale nada y la impunidad es un monstruo que ajusta sus pleitos con sangre. El acto más rebelde de Dani fue enfrentar con alegría un mundo sumido en las tinieblas. Fue una luz. El mayor tributo a su memoria es mantenerla encendida.
@melbaes

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