Juncos, flores, pájaros y cangrejos. Miradas poéticas sobre un paisaje ajeno

CANGREJOS Y OTROS SERES ACUÁTICOS

Cuando Edward Walhouse Mark llega como cónsul de Inglaterra a Colombia —entonces Nueva Granada— a mediados del siglo xix, encuentra una diversidad botánica y entomológica apasionante. Despierta en él cierto deseo de ver y, sobre todo, de dejar constancia de lo visto para quienes están lejos y no tendrían jamás la oportunidad de llegar hasta allí y disfrutar de aquello que él disfruta: mundos prodigiosos, donde cada cosa se parece a lo ya visto y, al tiempo, posee una naturaleza por completo distinta. La esencia inesperada del encuentro, a capas, tiene algo de acumulaciones en la memoria, a un tiempo transparentes y cargadas de deliciosos malentendidos. Unos paisajes —un mundo— donde faltan las palabras que los definan. O se quedan cortas o son válidas tan solo en el entramado de nuestros recuerdos, cuando los nombramos desde ese otro sitio familiar, el que tiene un nombre conocido; el que podemos nombrar —dibujar— con los ojos cerrados desde la rememoración y la infancia.

Edward Walhouse Mark había nacido en Málaga, donde su padre fue cónsul durante algunos años. Pese a todo, hay un espacio invisible entre Inglaterra y Nueva Granada, una especie de territorio intermedio, que tal vez pasa por el sur de España y llega a Santa Marta, donde vive antes de instalarse en Bogotá. A Mariana Bunimov le gustaría tal vez hablar de túneles invisibles para habitar. La sorpresa frente a esos ecosistemas privilegiados no le deja indiferente. Poco tiene que ver un sur con otro. En la zona entre Santa Marta y Barranquilla se encuentra el lagunar más grande del país, la Ciénaga Grande de Santa Marta, que le produce, seguro e igual que a cualquier visitante, un sentimiento ingobernable que sobrepasa la curiosidad del viajero hacia un paisaje lejano al de casa; un paisaje bello y asombroso. Ajeno. La extrañeza frente a las gentes y sus costumbres locales, las iglesias pintorescas, los pueblos y sus habitantes. Las escenas cotidianas que reflejan algunas de las delicadas acuarelas de Edward Walhouse Mark se quedan cortas —simples acuarelas de etnógrafo—. Las iglesias y las gentes no dan cuenta de lo trascendente; escenas que despierten el deseo de ver y de pintar, de habitar. Tras observar los paisajes le persigue la urgencia de capturar cada planta única: del blanco del algodón a los rojos anaranjados de las flores del curubo indio que plasma en sus delicadas acuarelas. Las arañas, tan familiares, adquieren de pronto un aspecto aristocrático que le subyuga, distante casi al que corresponde a las arañas del Magdalena. Me pasaba horas mirando las acuarelas de flores e insectos de Edward Walhouse Mark en la Colección del Banco de la República en Bogotá; su forma tan exquisita de hablar del impacto de los paisajes en cada uno de nosotros. Sobre todo del impacto durante el encuentro con los paisajes de los otros, paisajes ajenos que no tienen un lugar en nuestra memoria, que no hemos visto antes nunca; aquello que les ocurre a los europeos en América, quienes parecen desbordar los ojos y arrancar los párpados para ver más.

Esos paisajes, ajenos, despiertan la necesidad de integrarlos, hacerlos propios, formar parte de ellos. Y, al tiempo, subrayan el esfuerzo y la voluntad de comprender lo que ese acomodarse en el nido ajeno exige. O quizás lo contrario, pues cada paisaje ajeno se convierte en propio en el momento mismo de mirarlo. Cada paisaje ajeno acaba, de hecho, visto con los ojos de lo visto antes, de lo familiar; moldeado por la memoria y lo que ésta guarda. A partir de ahí habitamos el túnel invisible que une un lugar a otro para Mariana Bunimov; túneles para habitar en los cuales el pasado y el presente —y hasta el futuro— se mezclan, se funden, se confunden.

Porque el paisaje visto por vez primera tiene sin remedio algo de invención y de deseo; algo de lo proyectado desde nosotros mismos y nuestros paisajes domésticos en el paisaje de los otros. Cada paisaje que se encuentra en el viaje, por muy lejos que esté de casa, estará tamizado por el lugar de origen del viajero. Lo explicaba de forma soberbia Simon Schama en Landscape and Memory ya en 1995: la percepción de la naturaleza está mediatizada por el recuerdo. Un árbol no es un elemento estático, sino la representación que con las herramientas de las que cada uno dispone se puede entender y reproducir. Los cangrejos se han colado en las cerámicas de Mariana Bunimov y sin remedio tienen algo de araña. Me acurruco entre los seres acuáticos y echo a volar entre aviones y garzas.

JUNCOS Y RAMAS: PENSAR NIDOS

Me acabo de instalar en un túnel que me lleva desde las bellas acuarelas de plantas e insectos dibujadas por Edward Walhouse Mark a los cuadros de Mariana Bunimov; el túnel que nos permite viajar por el tiempo y, más aún, por el tiempo de los demás; el que compartimos con los otros y que se configura con un poco de lo suyo y un poco de lo nuestro. Si cierro los ojos veo a Mariana caminar por Doñana, sola. Es pronto y se deja sorprender por los juncos y por las ramas entre el agua de la marisma, de la cual hablaba Carmen Laffón en Visión de un paisaje —su discurso de ingreso a la Academia de Bellas Artes de San Fernando—. Un túnel especial llevaba a Carmen desde el río Guadalquivir hasta los paisajes abstractizantes del Coto —“marismas, de espacios infinitos”, los define—, a los cuales se asomaba con frecuencia con una única misión: trasladar las emociones y las intensidades que ese paraje despertaba en ella. Los juncos y las ramas van organizado una coreografía extraña entre el agua y los pobladores, seres grandes y diminutos, en este extraño lugar boscoso que nada y todo tiene que ver con los manglares, aunque el agua lo gobierne todo y el tiempo se detenga sin remedio cuando lo acuoso gobierna. En el Aprendiz de felicidad Pia Piera reflexiona sobre el agua al ir tras las huellas de Jane, una conocida ambientalista: “en la laguna de Venecia […], el tiempo se convierte en agua y no discurre inexorable, sino que lo deja todo como suspendido en un espejismo de épocas pasadas”.-

Estrella de Diego

AVE Doñana: Arte y Ciencia por la Conservación

AVE Doñana es una iniciativa pionera que une el arte y la ciencia para visibilizar la urgencia de proteger el Parque Nacional de Doñana, uno de los ecosistemas más valiosos y amenazados de nuestro planeta.

Fruto de una histórica alianza entre la Estación Biológica de Doñana (España) y la Estación Biológica Hato El Frío (Venezuela), este proyecto celebra el profundo vínculo entre la naturaleza y el proceso creativo. A través de residencias artísticas, ciclos de cine, conversatorios y exposiciones, la propuesta invita a reflexionar sobre la crisis ambiental a través del arte.

Para esta tercera edición, el proyecto presenta la exposición Nidos, una muestra imperdible que reúne la mirada y obra de los destacados artistas Mariana Bunimov y Dionisio González.

NIDOS

MARIANA BUNIMOV Y DIONISIO GONZÁLEZ

22 de octubre de 2026 al 11 de marzo de 2027

Plaza del Patio de Banderas, 16, Sevilla

*Gracias a Estrella de Diego por ceder el texto del catálogo en torno a la exposición de Mariana Bunimov. Agradecimientos también a Clara López y Mariana Bunimov por las imágenes.


Comments

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *